Si mides 1,65, ¿eres alta o baja? Si tu nómina es de 2000 euros, ¿ganas mucho o poco? Seguramente la respuesta que te viene a la mente en ambos casos es la misma: Depende. A menudo ponemos etiquetas creyendo que somos objetivas cuando en realidad lo que hacemos es expresar juicios basados en comparaciones. Casi todo es relativo (piénsalo: eres alta o baja en función de la estatura que tomes como referencia, ¿no?) y para definir la realidad necesitamos indicadores que nos guíen, por supuesto. Pero, ¿qué pasa cuando para definirte a ti misma recurres constantemente a compararte con los demás? Te explico por qué las comparaciones, más que odiosas, son dolorosas y  pueden hacerte mucho daño si las conviertes en el modo de medir tu bienestar.

  1. Resaltas tus carencias

A la hora de elegir referencias para compararnos no suele fallar, amiga: solemos “mirar hacia arriba”. Nuestra tendencia es fijarnos en personas a las que les va mejor que a nosotras (o eso pensamos). Te compararás con esa amiga que pone fotos de sus maravillosos viajes en Instagram, no con la que lleva dos años en paro y haciendo malabares para llegar a fin de mes. Te frustrarás por no tener la casa con jardín de tu jefa, en lugar de sentirte afortunada si atiendes a la gente que vive hacinada en pequeños estudios sin luz natural. Resaltarás lo que te falta, en lugar de pensar en todo lo que tienes y darle el valor que merece.

  1. Distorsionas la realidad

Vemos lo que nos enseñan. Cuando te comparas con los demás, lo haces teniendo en cuenta solo la parte que puedes ver y esta será, seguramente, la parte buena. El boom de las redes sociales ha contribuido aún más a que construyamos una imagen distorsionada de la vida de los demás y acabemos idealizándola. Probablemente no te pares a pensar que al igual que tú no exhibes públicamente tus problemas y “dolores”, el resto tampoco lo hace.

  1. Condiciona tus relaciones

Las comparaciones pueden convertirse en un verdadero obstáculo para mostrarnos tal y como somos. Si vives con la sensación constante de que los demás tienen una vida mejor que la tuya, puede que sientas la necesidad de estar a la altura y acabes proyectando algo que en realidad no eres (y que además nadie te pide que seas). Y esto te hace daño, amiga. Porque lo más importante para una vida plena no reside en el tener, sino en el ser. Y ser tú misma es el mejor regalo que puedes hacerte y el único modo de construir relaciones sanas y auténticas con quien tienes alrededor.

4. Te marcas objetivos equivocados

Viajar tanto como lo hace tu amiga o tener una casa como la que ves en las redes sociales de tu jefa… Párate a pensar: ¿realmente esas son tus metas? Cuando ponemos el foco en lo que tienen los demás y nosotras no tenemos, asimilamos como objetivos propios aquellos que han conseguido otras personas. Damos por supuesto que lo que a ellos les hace felices también nos hará felices a nosotras. Por eso lo anhelamos sin determinar de un modo consciente cuáles son nuestros deseos y necesidades reales.

5. Vives “bajo presión”

Querida, vivir comparándose con los demás es agotador. Tener constantemente un ojo puesto en lo que tienen, lo que hacen, lo que son los otros… No solo te hace perder una preciosa energía que podrías invertir en tus metas y proyectos, sino que te genera una sensación de estrés y autoexigencia constante que, créeme, puede convertirse en algo realmente tóxico para ti.

Por todas estas cosas vivir en una constante comparación puede acabar teniendo un impacto negativo en tu autoestima y generar en ti una sensación de fracaso o carencia que, en realidad, no tiene fundamentos reales. Por eso te recomiendo que no midas tu bienestar tomando al resto como referencia. Pon el foco en ti. En lo que quieres. En qué te hace sentir bien. En lo que tú necesitas. Solo a partir de ahí podrás disfrutar de lo que tienes mientras avanzas en la dirección que libremente has elegido.

¿Alguna vez te has sentido mal por compararte con las personas de tu entorno? Puedes contármelo en comentarios, ¡te leo!

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Jeanne Marie, [31.03.21 10:11]